Tratados en La Habana

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Jose Lezama Lima 1

De los textos que contribuyen a revelar la tradición poética nacional habanera, un extracto con coordenadas político–sociales para entender el fenómeno.

Por: José Lezama Lima (1910-1976)

IX

¿Persistirán los habaneros, deseosos de un invierno que vaya apoderándose de los días sucesivos, en un preludio para los días mayores de diciembre, cuando cada despedida -de una hoja o de un jardín exasperado- se torna en un símbolo? En las Navidades de… y las fechas giran, se hacen voluntariamente imprecisas, para duplicar la voluptuosidad de apoderarnos de ellas y señalar un tiempo que se quedó fijo, abriendo desmesuradamente los ojos y las cejas, como una máscara japonesa de combate.

Los días se van precipitando, señalando sorpresas y anticipos, glorias y fanfarrias del día mayor de la Cena; parece que van perdiendo sus nombres y que se impulsan hacia el contenido del símbolo que los espera. Preparan las tías, en la levedad de su orgullo familiar, platos entreoídos; o cuando la abuela estuvo en Viena y trajo recursos para las Navidades; ensayan en estos días preliminares de la otra gran cena, los ánades con salsa de membrillo, la ternera asada con salsa de oruga o zorzales asados sobre sopas doradas.

Días que se acrecen en los preparativos, en que parece que se prepara la lección para los exámenes del paladeo y las papilas. Refuerza los varios solfeos de la lección el aire de invierno que asoma a su cabezota por las persianas y que parece demandarnos que sus sorpresas sean retomadas y dadas en pago de diez vueltas más para el rebozo. Invocase a la divinidad entrecana del invierno para su permanencia en nuestro gozo. Hilados de escarcha en las devanadoras, para que las Navidades estén rodeadas de esos excitantes para encender el fuego.

Días que comienzan a adquirir el medio rostro de lo que va haciéndose en desfile hacia una claridad que se espera. Fíjense los días, reclámense así mismos y buscan quedarse, encuadrándose. Levantase ahora una música que comienza a impulsar los días, a llevarlos a un desfile donde el galope parece una línea infinitamente coloreada, hasta alcanzar la infinitud de la aleluya en el Suceso Mayor. P. 607 – 608

XXXVIII

Sosteniéndolo apenas, con dificultad borrada por la avidez, el garzón, cruzadas las piernas, lee el Libro de la Navidad. Ha llegado a él, cribado por la mano de alguien muy afecto a la esencia familiar, en estos días pascuales favorables a que sean los demás, excepción de excepciones, los que impulsan las ajenas imaginaciones, con una exquisitez doblada por la cercanía de la sangre, Hoffmann, Perrault, Carroll, Andersen, se convierten en temas, sus vidas juegan entre los violines mágicos y el árbol que crece indefinidamente.

Sus vidas las sueñan los niños tanto como lo que ellos imaginaron para los niños. Los familiares, impulsados por sus deseos de dejar en el niño recuerdos, de sembrar en su reminiscencia, se tornan un poco en fantasmas, se encristalan, comienzan a sudar esperma y a permitir que le broten diminutos árboles en sus costados. ¡Qué delicadeza para la imaginación! ¡Qué tacto en el sueño! Colocarle al niño en su subconsciente el libro de Navidad, que ha de transformarse en el más increíble de los lagos, en el arte de transfigurarlo todo en paisajes por donde él se desliza y se aventura.

Con las piernas cruzadas, el garzón repasa en el trópico, los países del escarchado y del gemido por árboles y ciervos. El sentido sobrenatural, fuera de toda adultez causalista, y de las infinitas transformaciones, van pasando en el libro y van quedando río adentro.

El cisne de Noruega, que rodea la más estricta prisión, transfigurado después el príncipe del rescate, en el portador de la espada. No solamente las irreductibles y fieras transformaciones, sino el goce de llevar los objetos, aun los que recorremos y envolvemos todos los días, a una tierra distante, donde los pasos algodonosos del alción nos sobresaltan y el árbol se queja en la desolación de paisajes que cubren las ciudades sumergidas, con guerreros que juran y maldicen en el sueño. P. 642 – 643

XXXIX

Por entre el remolino y la intención, cobran también sentido las meditaciones de la espera, los días en que vestimos y nombramos a lo que todavía no tiene cuerpo. Pues meditar sobre el nacer es hacerlo sobre la forma y el símbolo del Nacimiento. Son días de suspensión, entre algazara y delicia, que pronto llenamos del símbolo de lo que se espera. Conocimiento y reconocimiento, nacimiento y renacimiento, rodean a la encarnación, al futuro verbo que ya se supone encarnado, como si entre fiesteos y pasos de danza, ya pudiéramos verle la cara.

Sí, ya lo conocimos, ¿en qué tierras y chisporroteos de qué fragua?, y ahora en cualquier momento podemos volver a reconocerlo, sin sobresalto ni aspavientos, marchando a nuestro lado o dejándonos la levedad de que pasó a nuestro lado. Nacimiento que nos vuelve el rostro hacia la “plenitud de los tiempos”, para decir que ese límite auroral se llenó de mitologías e incesante división de flecheros, que hizo de ese límite la línea del horizonte. Nacimiento que, apoyado en el curso de las estaciones, se hizo un renacimiento, un renacer por la evocación y por la plenitud de su estado.

Así es que, por la secularidad, el nacer vuelve a repetir los designios y gracias de todo nacimiento, y todo nacimiento por los ungüentos de la misma gracia se vuelve hacia su renacimiento. Ya parece que, en cada nacimiento, por gracia de aquel auroral y único nacer, se cumplen los destinos de muchas sangres y estilos, que así pueden hacer de una confluencia una configuración.

Así también, en ese contrapunto católico consistente en llenar todo cumplimiento de símbolos, va en todo nacimiento como un secreto reconocimiento de trabajos y acarreos de invisibles secularidades, que culminan y se justifican al adquirir una forma. Se ha estado en oración, en la torre de vigilia, esperando que el ángel pueda llegar hasta nosotros, haciendo de la red de oraciones la posibilidad de la mejor interpretación del aviso, pues al rezar llenamos de sentido un tiempo y conjuramos contra su indetenible.

El nacer de Cristo va hacia el Nacimiento, y su renacimiento, por gracia del tremendo símbolo, se operaba en toda criatura hasta su paz. P. 643 – 644.

XLII

Revueltos días de revueltas lunas. Fechas señaladas que marcan una vacilación antes de acercarnos a ellas con júbilo albar. Aguinaldos remisos que juegan a su tardanza, en un lentísimo de orquesta a cámara lenta. Vacaciones, soñadas por anticipado en número de días que no fue el otorgado, apretados por el aprovechamiento de las jornadas y los días. Pero en toda rotunda felicidad de bridas largas, que después se redujo a un paseo de encantamiento.

Días en que el estilo nutridor es la sobreabundancia, la cortesía entremezclada con la caridad. ¿No decía San Francisco que Dios era el gran cortés, pues que le regalaba el sol a todos? El orden de la caridad que a veces sigue un ordenamiento tan ordenancista, prefiriendo en este caso la onomatopeya al subrayado, salta sus límites de cinturón sudado para alcanzar su esplendor, es decir, su respuesta a la luz, sus reflejos sobrenaturales.

Sutileza y refuerzo del calendario católico; sus cortes en el tiempo, en esa dura abstracción que constituye cuanto se vuelve su pasado, marchan impulsados por la estación y los astros. Cenas y glorias de la sobreabundancia, unidas a los inviernos para hacer más lentos y apoyados los adormecimientos de la sangre después de saltos y sobresaltos. La nutrición se ensancha al alcanzar el ritmo aspirado, la majestad de sus cajas de aire, sus progresiones geométricas. Ritmo ancho par evaporar los espirituosos sobregiros, para que las burbujas alcancen su flor y se rindan. Y pruebas de exceso -ensanchamiento o agudeza de nuestras posibilidades en momentos de prueba ante los ángeles- necesarias para que en los ciclos de tiempo no toque la monotonía o el torpor de lo esperado. “Un grano de audacia en todo -dice Gracián- es importante cordura.” Juegan suerte de audaces, jugando a la sobreabundancia de la fecha, aun los que para el resto quedan con párpados de saurio y lentitud de marmota. P. 647 – 648.

L
Ahora queda la comprobación de un misterio y se llama alegría. Las casas parecen rendir puertas y los parques exornarse con nuevos árboles. Entreabren las casas nuevos racimos de juguetes, el infante pasea la casa como si quisiera hablar con los regalos que han atravesado nubes, campos, ventanas, y que están tocados de una magia que es un misterio.

Retienen los juguetes como si éstos quisieran desprenderse y volver a deshacerse en río o colina. Pues en realidad el juguete es para el niño el asiento de innumerables metamorfosis: muy pronto el caballo de madera se trueca en cisne; el cisne en clemátide, la flor en botón de su camisa. No sentirá como en la madurez el férreo concepto de propiedad, de cerco de la pertenencia.

Por el contrario, el juguete lo lleva a un mundo de corrientes incesantes, de cambios y alteraciones, alcanzando en la destrucción última del obsequio su deseo de ir desenvolviendo los sucesivos espejos de una galería de minotauros diminutos y teseos de bolsillo.

La ciudad inundada de juguetes parecía un aquarium de peces disfrazados. El payaso, la bandurria, la muñeca japonesa, el dedal mágico, los espejos deformantes, cobran casi un sonido como instrumentos de una orquesta desconocida. Impulsado por las decisiones de la bondad volvían a crearse animalejos y floras, como en un paraíso recobrado. Así el garzón adquiere, rodeado de mitos, el misterio de un alimento poético. Quien de niño se acostumbró a ese misterio no perderá ya la alegría.

Padre o hijo volverá siempre a lo que Goethe llamaba la justicia poética. Ese misterio recibido desde los primeros años bastará colmarlo, alejándolo siempre de las definiciones entecas, de todo causalismo, sin imaginación y sin gracia. Para que el hombre llegue a expresar un esplendor tiene que nutrirse de misterio.

No es tan solo el regalo que el garzón pasea y oculta como si de nuevo se lo fueran a arrebatar, es un regalo para siempre, dejado en la sangre y el espíritu. Quien sorprende la fuerza creativa de esas casas abiertas y esos parques con medidas de juguetes colgados de los árboles, se abrirá siempre a su ciudad con luces de verbena y luces de eternidad. P. 657 – 658.

  • Obras completas. Tomo II. Ensayos/Cuentos. México. Aguilar Editor. 1977.

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