Un ángel de Navidad

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Angel de Navidad

Un cuento breve que deja ver pobrezas e ilusiones de las personas, que narra un día dual entre de abundancias y carencias.

  • Por: Walter Benjamín (1892-1940)

Todo empezaba con los árboles de Navidad. Una mañana, aún antes de las vacaciones, quedaron fijados en las esquinas de las calles los sellos verdes que parecían sujetar la ciudad por todas partes, como un gigantesco paquete de Navidad. Pero, a pesar de todo, un buen día estalló, y juguetes, nueces, paja y adornos para el árbol brotaban de su interior: era el mercado navideño.

Pero también surgía algo más. La pobreza. Pues al igual que en la bandeja navideña podían exhibirse, al lado del mazapán, manzanas y nueces con un poco de oropel, así también, en los barrios ricos, las gentes pobres con la plata en láminas y las velas de colores. Pero los ricos hicieron que se adelantaran sus hijos para comprar a la pobre corderitos de lana o para repartir limosnas que, a ellos mismos, por vergüenza, no les salían de la mano.

Entre tanto ya estaba en el balcón el árbol que mi madre había comprado en secreto y mandado subir al piso por la escalera de servicio. Pero más maravilloso aún que todo lo que le confería la luz de las velas fue ver de qué manera la fiesta próxima iba entretejiéndose cada día un poco más en sus ramas. En los patios, los organilleros empezaron a demorar con sus cánticos el último plazo.

Walter Benjamín nació el 15 de julio de 1892, en Berlín, y se suicidó a los 48 años, en Portbou, España, el 26 de septiembre de 1940.

Por fin expiró, no obstante, y volvió uno de esos días que estoy recordando como uno de los más tempranos. Esperaba en mi cuarto hasta que dieran las seis.

Más tarde, en la vida, ninguna fiesta posee esta hora, que vibra como una flecha en el corazón del día. Había oscurecido ya; sin embargo, no encendí la lámpara por no apartar la vista de las ventanas oscuras del patio, detrás de las cuales pude ver las primeras velas.

De todos los momentos que integran la existencia del árbol de Navidad es el más misterioso, cuando sacrifica a la oscuridad las hojas y el ramaje para no ser sino una constelación inaccesible y, no obstante, próxima, en la ventana empañada de uno de los pisos interiores.

Sin embargo, por la manera en que una de esas constelaciones agraciaba de cuando en cuando una de las ventanas abandonadas, en tanto que muchas seguían permaneciendo oscuras, y otras, más tristes aún, decaían a la luz de gas de las primeras horas de la tarde, me parecía que estas ventanas navideñas encerraban la soledad y la miseria, todo lo que la gente pobre pasa en silencio.

Luego recordé los regalos que estaban preparando mis padres, pero apenas me aparté de la ventana con el corazón entristecido, como sólo lo consigue la proximidad de la dicha segura, sentí algo distinto y extraño en la estancia.

No era sino un viento, de modo que las palabras que formaron mis labios quedaron como los pliegues que una vela inerte produce de repente ante una brisa fresca.

Todos los años,
el Niño Jesús
vuelve a la tierra
donde estamos los hombres.

Con estas palabras se esfumó el ángel que acababa de tomar cuerpo en ellas. Yo no seguí por más tiempo en la habitación desierta. Me llamaron a la de enfrente, en la que el árbol acababa de entrar en la gloria que me lo arrebataba, hasta que, despojado de su pie, sepultado en la nieve o reluciente en la lluvia ponía fin a la fiesta que había comenzado con un organillo.

  • Traducción de Klaus Wagner.
  • Infancia en Berlín hacia 1900. Madrid. Ediciones Alfaguara. 1982. Págs. 99-101.
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