Una foto inglesa

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Elkin Restrepo

Para Papel es un honor que el escritor Elkin Restrepo sea su colaborador en Literatura. Aquí un cuento que comparte con ustedes, invitados a leer.

Neil saltó de la canoa que lo había traído del puerto y al darse cuenta que el lugar no valía la pena, lamentó haberse obstinado en viajar allí.

Todo había comenzado un año antes, cuando desde Londres le llegó la fotografía, opaca y difusa, que una pariente lejana  encontró en el interior de un antiguo Atlas, propiedad de un tatarabuelo suyo que había estado en Colombia, ocupado en tareas relacionadas con el mar, particularmente con la construcción de una barcaza de dimensiones poco corrientes en un caserío del golfo de Morrosquillo.

La foto dejaba ver, en un primer plano, fantasmal, al ingeniero naval y al fondo, aspectos de la embarcación. La suerte de ésta y del ingeniero y sus años pasados en el trópico, si alguna vez se supo, a esas alturas, el episodio yacía en el más completo olvido.

Neil tuvo la foto guardada en el cajón del escritorio, hasta que el azar intervino por medio de la empleada doméstica que, al descubrirla, le contó que un antepasado suyo había sido el capataz de la construcción, aunque, la verdad, siempre pensó que aquello era cosa inventada, fantasía familiar por el modo vago como se hablaba de ella. 

Interesado, picado por el personaje y lo curioso del hecho, tan pronto se presentó la oportunidad, Neil tomó un avión y viajó al lugar.

Un ancestro inglés, constructor de navíos, venido al país y de cuya presencia y tareas sólo existía aquella foto, era ciertamente un asunto que bien valía la pena desentrañar. Presuntuoso como era, Neil aceptó el hecho como una carta que el destino le enviaba y que no veía como no aceptar.

El sitio, unos cuantos ranchos de paja, carecía de gracia alguna. Casi que describía en su apocamiento el tipo de vida de sus habitantes, negros a quienes la indolencia les había ganado toda apuesta.

Neil lamentaba no haberse informado suficientemente antes, confiado en qué no podían existir lugares como ése a menos de una hora de la civilización.

Rodeado por un grupo de niños desnudos que lo miraban con ojos asombrados, sólo atinó a preguntar por un sitio dónde hospedarse. Lo condujeron al rancho principal, que en poco difería de los demás, a no ser porque tenía un patio donde se metía toda la suciedad que arrojaba el mar y donde, atada a un estacón, surreal, había una enorme tortuga.

-La trajo el mar, le comentó uno de ellos.  

El niño tenía un labio leporino y actuaba como un ángel de alguna religión bizarra, alentado en su deseo de ser gentil con el extraño.

-…como a usted. Mañana nos la comeremos.

Atrapado en lo que era ya un desafuero, Neil casi se angustió.

De un rincón aparte, surgió una mujer tan vieja como la misma vida y, señalándole dos ganchos para colgarla, le entregó una hamaca raída, olorosa a sudor.

-Son diez dólares la noche, “gringo”.

Y le alargó una mano geológica, exigiéndole el pago por adelantado.

Neil, incómodo, le respondió que él no era gringo y que sólo podía pagarle en pesos colombianos.

La mujer hizo un gesto de conformidad y, en una rápida operación que le duplicaba el valor, le dijo que eran entonces setenta mil pesos.

Neil no discutió el precio, pagó y, resignado, colgó la hamaca.

Pedigüeños, los niños alargaron también las manos. El historiador les repartió unas monedas pero, insatisfechos, halándolo de la ropa, empezaron también a llamarlo “gringo”.

Fastidiado, les lanzó el resto de monedas.

Las horas entonces empezaron a correr más lentas y un calor pegajoso, difícil de soportar, hicieron aún más desesperada la situación. Neil se echó en la hamaca con la esperanza de que el cansancio y la decepción pronto lo vencieran y poder dormir la noche entera. Milagrosamente se durmió y, cuando despertó, alboreaba el nuevo día entre los almendros y el mar.

Abandonó la hamaca, respirando profundo aquel aire salino que lo devolvía a la vida. En la cocina, la anciana sarmentosa preparaba café y asaba unas arepas. Antes de que el huésped se lo preguntara, le señaló con la cabeza el retrete al pie del mangle.

Después corrió al mar y allí se bañó; socorrido por aquellas aguas frías y caritativas, sintió que otra vez era él, el individuo que había llegado allí, a esa geografía perdida, con un propósito.

Cuando le mostró la fotografía, la vieja la miró, fingiendo interés, para devolvérsela con un gesto de indiferencia. Nada le era familiar en ella, ni el hombre ni el navío, su misma antigüedad era un velo. Sin embargo, un momento después, palmoteándose la frente, como sorprendida de sí misma, la mujer pronunció un nombre: ¡Máximo!

El nombre le había llegado de no se sabía qué oscuridades de la mente.

De niña, contó, la barcaza era, entre tantas cosas que allí se contaban, algo llamativo por las dimensiones y el tiempo que duró construirla -décadas, quizás siglos-, y era Máximo, el predicador, quien hablaba de ella.

Eso era todo. Por eso no la recordaba.

Neil quiso saber al menos dónde, en qué lugar de aquel poblado miserable, había estado el astillero. Ella no supo decirle, quizás en los potreros donde los muchachos jugaban al fútbol. Pero no estaba segura.

Neil recorrió el sitio sin mayor fortuna, el asunto les era extraño a los aldeanos, jamás habían oído nada al respecto. Junto al pasado, pues, se había perdido la memoria de ese pasado y lo único que restaba, era aquella vieja fotografía.

El sol se había solidificado en lo alto y, de pronto, sudando a mares, al llevarse el pañuelo al rostro para secarse el sudor, Neil sintió el punzón en el costado izquierdo. Lo que faltaba, que el mal ahora hiciera presa de él.

Volvió al rancho donde se hospedaba, buscó entre el morral la bolsa de fármacos, pero no la encontró. Temió, ahora sí, que el mal se agravara y que, ¡maldita la desgracia!, le tocara permanecer allí más tiempo de lo esperado.

Descolgó la hamaca y buscó sombra en el interior del rancho.

Una hora después la fiebre le quemaba el cuerpo y el brebaje que la dueña le había preparado, hecho con trozos de carne del quelonio y agua de mar, no hizo sino agravar su estado. Estaba, pues, enfermo y el malestar y la somnolencia, iban en aumento.

No supo cuándo, si ese día u otro, sobrevino un chaparrón apocalíptico, sin que le trajera aire fresco o alivio. Después fue, en su inconsciencia, como si todo comenzara de nuevo y el motivo de su indagación fuera la foto y, otra vez, ésta lo condujera a alguna parte o a ninguna, y aunque advertía el absurdo, persistía en su busca, hasta que al fin, en algún momento, descubría que no se había movido de allí, de aquella habitación de hospital, donde se moría.

Tuvo la esperanza de que aquello fuera un mal sueño del cual no tardaría en despertar, pero esto no sucedió porque, vuelto al infierno, su alma enmudeció y una orfandad muy grande, que él no hubiera querido, se extendió a todo lo existente, incluido aquel mar cuyas olas parecían haberse apagado por alguna razón particular y, lo lejano, el recuerdo de su infancia, tomaba de repente un color difuso, de objeto deshecho.

Y el resto, lo que menos esperaba, no tardó en llegar.

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