El reguetón: un latigazo cultural del Caribe a las montañas

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
67523152_354363302132666_5668250666187882496_n

Historia, tradiciones, hibridaciones y transformaciones son las que aborda el profesor José Gregorio Henríquez Gómez a la hora de hablar de nuestra relación con el reguetón. Un recorrido preciso para comprender por qué y cómo ha llegado con fuerza este género a territorios como el Valle de Aburrá.

José Gregorio Henríquez Gómez

Investigador cultural, docente universitario y escritor

En el año 2001 a las 10 a.m. de un lunes, la radio de Medellín sintió un latigazo sonoro, esa mañana Fernando Londoño, más conocido como el Gurú del Sabor se decidió a sonar una canción que días atrás le habían llevado unas jovencitas del barrio Buenos Aires en un CD quemado, lo convencieron, narra él, no tanto por la calidad de la música sino por la cadencia de los movimientos del baile. Ese tema, “dame un latigazo” de Daddy Yankee, es el primero en sonar en nuestra radio y será el encargado de desatar una fiebre caribeña que ya venía haciendo de las suyas en otros países.

Aunque hoy es reconocido como un género originario de Puerto Rico, el reguetón tiene sus raíces en Panamá, con un cantante de reggae en español conocido como Nando Boom, quien en la década de los 80 abre las puertas para una revolución sonora que en palabras del mismo Gurú del Sabor era más “un atentado terrorista a la música” que otra cosa. El caso es que lo que podría parecer una moda cultural más, de esas que salen cada diciembre como La mayonesa, El baile del gorila, La macarena o lo que fue el baile más sensual de su momento la lambada; llegó para quedarse, evolucionar y afianzarse como genero urbano.

No es gratuito que sea Medellín la ciudad en la cual se da esta explosión rítmica y que hoy sea una industria referente internacional con J Balvin y Maluma a la cabeza. Nuestra ciudad ha sido un terreno bastante para el aterrizaje de ritmos que se contraponen a los andinos, no hay que olvidar que es en nuestra ciudad que Don Antonio Fuentes se instala en 1954 con su empresa Discos Fuentes, con un catálogo variado de ritmos de la Costa Atlántica que contagiarían a la sociedad antioqueña. Cuando el señor Fuentes llega a nuestra ciudad esta villa ya era reconocida como una meca de las emisoras, por lo tanto la llegada de Discos Fuentes permitió llevar la tropicalización paisa a niveles insospechados.

Pero regresemos al ritmo, sonido, género que nos interesa, para pensar en sus estéticas y expresiones, en lo que representa y significa para nuestra sociedad hoy.

Un vídeo clip llamado Vida

El reguetón representa una sociedad opulenta, exclusiva y excluyente. Aunque suena, se escucha y se baila en las barriadas, sus imaginarios nada tienen que ver con esas realidades, no hablan de carencias sino de excesos, no hablan de sacrificios sino de gasto, no construcción de vida sino el carpe diem hedonista del party, la mujer deja de ser un ser que seduce y es seducida para ser un objeto que es poseído y dejado; la vida es presentada como un vídeo clip acelerado y recortado en el que ya no existe la vida de barrio o el trabajo o los pobres, en el reguetón y sus representaciones todos parecen ser millonarios lanzando dólares desde vehículos lujosos en los cuales se bebe champaña o cualquier otro licor costoso. Contrario al son, a la salsa o a otros ritmos, el reguetón no manifiesta un lado político o crítico de la sociedad, acá no hay Juanitos Alimaña, ni Pedros Navaja, ni una chica plástica; en el reguetón hay silicona por montones, joyas reales o ficticias y unos elementos que parecen más una cercanía a las estéticas “narco” que a las realidades latinoamericanas.

Ya los antecesores de este ritmo como El General, quien le cantaba a la “mamita rica y apretadita”, y Vico C con su estilo acelerado; mostraban para dónde iba la cosa: éxitos efímeros con grandes ganancias. Porque en el reguetón no importa generar clásicos, de hecho fuera de un puñado de temas como Luna, Se activaron los anormales, Ojitos chiquiticos o Yo tengo un ángel; las canciones salen al mercado, son consumidas y se desechan. Un concierto de reguetón no conlleva problemas para lidiar con muchos músicos, de hecho se trata de una pista y las coreografías; en este sentido podemos decir que este género o estilo o música tiene un solo protagonista: el intérprete, ya que no hay espacio para un Papo Luca, un Cheíto de Castro, Bebo Valdés, Santana o cualquier músico con maestría. Acá vemos una diferencia clara entre el reguetón y la salsa o la música tropical: nuestros padres, abuelos, tíos o nosotros mismos podemos pasar horas escuchando temas y hablando sobre la interpretación de este o aquel músico, hasta el metal, el rock y otros géneros permiten este juego de la escucha; acá no, no es posible porque todo es un producto masterizado y sintetizado, empacado y presentado para su consumo. De hecho el reguetón de hoy no se parece en nada al que Tego Calderón y todos aquellos pioneros del ritmo sembraron, el de hoy es más “fashion” porque se adaptó a todos los géneros y caló en todas las esferas sociales. De esos personajes pintorescos con nombres tan particulares como El Nazi, Dálmata, Luny Tunes, entre otros, ya no queda nada.

Los reggatoneros se codean con la farándula, salen en portadas de revistas de moda, cantan con Madonna o cualquier otra super star y hasta Maluma en la pasarela de Dolce & Gabana en Milán.

Los temas hablan, si es que lo hacen realmente, de un mundo irreal en el cual un chico puede desenfrenarse con cuatro chicas, un universo en el que todo se hace despacito o se construye un mundo donde todos son ganadores. Cumple la función de entretener o de servir de banda sonora para un buen rato pero de ahí a pensar en sus aportes a la música, hay mucho trecho.

La champeta como resistencia cultural del Caribe colombiano

En un rincón del Caribe colombiano, cerca de Cartagena, existe una población que se populariza cuando el boxeador Antonio Cervantes “Kid Pambelé” derrota al panameño Alfonso “Peppermint” Frazer en 1972, como le sucedió al pueblo de Aracataca cuando Gabo se gana el Nobel, los medios de comunicación empizan a hablar de este lugar perdido en el mapa de nuestro país y que había surgido por allá en 1713, cuando Benkos Bioho, un esclavo procedente de Guinea, se levanta ante el poder colonial español y funda una serie de lugares para los esclavizados fugados, entre ellos San Basilio de Palenque primer pueblo de negros libre de América Latina.

Tras coronarse campeón mundial, “Kid Pambelé” lleva la luz eléctrica a Palenque. Esto permite la llegada de los picós y con ellos un arsenal de música africana y antillana: soukus congoleño, makossa y afrobeat nigerianos, highlife ghanés, reggae jamaiquino, compas haitiano, soca y calipso. Ritmos que se mezclarían con los sonidos ya existentes, que a su vez se nutrirían de la presencia de ingenios azucareros manejados por cubanos. A principios del siglo XX, inversionistas norteamericanos lograron la concesión para explotar la caña de azúcar en Sincerín, región cercana a San Basilio. Central Colombia, como se le llamó al ingenio azucarero, fue controlado por cubanos que se trajeron el son montuno con legendarios grupos como el Sexteto Habanero y el Sexteto de Oriente.

Muy pronto los empleados cimarrones se apropian del son, moldeándolo con sonidos como el bullerengue, la chalupa y la cumbia. Este encuentro dio origen a otro son, distinto al cubano no solo por la clave sino por la inclusión de la marímbula, ese contrabajo metálico de origen africano. Entre 1920 y finales de los años cincuenta (cuando Central Colombia cerró la refinería) existieron dos sextetos genuinamente colombianos como el Habanero (llamado así en honor al cubano) y el Matentera. De ellos quedó una semilla que desde 1945, como recios agricultores que son, Rafael Cassiani Cassiani, José Valdés Teherán y Miguel Valdés Cañate, miembros originales de Tabalá, han seguido cultivando.

Estos sones encuentran una máquina que traza el puente entre África y América propiciando la mezcla de los ritmos para crear la llamada música terapia, pero en los ochenta un picó, como se debe llamar a estos equipos de sonido enormes y de sonidos bestiales, llamado el Rey de Rocha, suena las canciones africanas en español y las adereza con lo palenquero para dar origen a la champeta, que rápidamente se convierte en reivindicación de lo afro en el Caribe y de resistencia ante la Cartagena blanca y opresora. Los “champetuos”, como son llamados los seguidores de este ritmo, lograron posicionar temas como La nubecita o Busco alguien que me quiera, pero perdieron con las emisoras que prefirieron el reguetón.

Al palenquero, al picotero, no le importa esto porque lo suyo no habla de alfombras, ni de esplendor , habla del campo, habla del amor perdido o del río, la soledad y la muerte misma; y su baile es una herencia del mapalé, el currulao y aquellos ritmos que invitan a liberar el cuerpo frente a una sociedad que busca juzgar o señalar.

San Basilio de Palenque es patrimonio de la humanidad por su riqueza cultural y por el trabajo de su comunidad, que mantiene vivas sus tradiciones, por eso en el año de 2017 el XXXII Festival de Tambores y Expresiones Culturales le rindió homenaje a la champeta, por considerar que es memoria e identidad, porque donde quiera que esté un palenquero llevará sus sones y recordará sus orígenes.

Artistas como Residente de Calle 13 han pasado por Palenque para hablar con sus tamboreros y músicos, que como el célebre Panamá surgen espontáneamente en cada casa. El universo musical de Palenque es más reconocido en Europa que en Colombia, donde llenan escenarios y es más fácil encontrar su discografía en sellos internacionales que en los nuestros.

Mientras el reguetón propone una vida basada en el consumo y las banalidades del poder adquisitivo, la champeta, que es un género popular, más popular que eso a lo que le hemos dado ese nombre, propone un reencuentro con nuestra identidad, con nosotros y ha influenciado nuestra vida sin darnos cuenta al darle pista a grupos como Sistema Solar o Bomba Stereo, pero también al propiciar que el lenguaje de los colombianos se enriquezca con cerca de unos 150 términos como “ se metió” o “parao en la raya” . También al inspirar ritmos como el rap palenquero representado por el grupo Kombilesa Mí .

Podríamos proponer que el reguetón llegó para quedarse pero no aportó ni recibió, impuso y creó un escenario en el cual nuestra tradición y patrimonio perdieron, porque no da lugar a la apropiación de espacios, ni de identidades, es tan efímero lo que produce que no hay tiempo de aprehender esa pompa de jabón o retener ese algodón de azúcar para cimentar algo de la identidad nacional.

Ojalá nos dejáramos contagiar de la fiebre picotera, que miráramos a San Basilio de Palenque como hoy lo hacen franceses, norteamericanos, japoneses, chilenos , argentinos… que no se basan en los Grammy o en los listados de redes para entender qué tiene calidad. Ojalá encontráramos más propuestas como las de Discos Fuentes, que hoy con un proyecto muy interesante nos propone reencontrarnos con ritmos del Loco Quintero, los Corraleros, entre otros, actualizados por Ari DJ y el percusionista Kiko Cabana que con su proyecto Electrópika nos invitan a cambiar esos elementos que han desdibujado nuestro entorno simbólico para volver a vernos en un espejo de multiculturalidad y plurietnicidad , esos vinilos que hablan de lo afro, de lo indígena, de lo criollo. Aquello que niega el latigazo que nos empezaron a dar en el 2000.

Compartir artículo

También podría interesarte

En Escena

Lautaro, la obra del año en Medellín

El grupo antioqueño Los Pantolocos estrena Lautaro “Un viaje por el delirio de la vida”, que, según algunos críticos, sería la obra del año en Medellín.

Deja una respuesta