Sobredosis de conciencia

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Las fiestas de Punk en Medellín les permitieron a sus jóvenes expresar sus dolores, temores y esperanzas. Foto de Adrián Cerón. WKP.Org.

Diana Avella recorre las calles de Medellín, a través de un género fundamental en la historia cultural en la ciudad: el Punk.

Entre desapariciones y una sociedad infestada de siliconas en el cuerpo de niñas aspirando al matón de turno, como “armas que no hacen ruido”, parafraseando a Los Susiox; se infestaba la mente de personas que, en las calles de Medellín, durante las dećadas de 1980 y 1990, no encontraban muchas salidas ante el panorama cotidiano del Valle del Aburrá.

En la adolescencia y la entrada a la edad adulta, muchos crecían admirando al “duro” del barrio. La idea común del estatus maldito que daban las armas. El Punk llegó a las comunas de Medellín rompiendo con su sonido y militancia transgresora, parándose duro sin balas, de frente, arrebatado, sin miedo, inyectando en los desesperanzados una forma de esperanza distinta: cruda, ácida, pero real, a fin de cuentas de esperanza, de esa que despierta, despabila y hace ponerse en pie ante el ruido de la pólvora.

Detrás de las botas, crestas, taches, humo, vino, se dio la toma durante muchos años del Parque Obrero de Boston por “unos vagabundos”; esa gente mal vista por los transeúntes desprevenidos. El Antimili sonoro convocaba a artistas de toda Colombia, dejándonos ver que existió y existe una opción de vida que reclama otros lugares de construcción de sociedad. Una opción antisistema, basada en la organización popular, la reivindicación comunitaria, los procesos formativos de libertad, independencia, herramientas de formación política que ya la televisión y la estética narco les habían quitado a muchos jóvenes del valle del aburra.

El bajo, la batería, la guitarra eléctrica y las voces montadas sobre letras inteligentes y afiladas le devolvieron la posibilidad a quienes no querían ser “Los payasos de la guerra”, cómo dirían Los Desadaptadoz. Medellín no solo es la cuna del poderoso sonido de agrupaciones como Fertil Miseria, entre muchas, es la escena viva de la reivindicación de la vida, la libertad, la posibilidad de objetar y en medio de todo levantar la mirada digna ante todos los problemas estructurales que viven y se multiplican en las calles de éste país.

Mensaje en un muro. Foto de cortesía.

Si va a Medellín, hay otros caminos diferentes a los del tradicional Pueblito Paisa y los alumbrados. Hay una ciudad que palpita procesos organizativos, poder popular y formación política. En la Comuna 6 encontrará la Casa de la cultura de Pedregal, donde podrá participar de manera gratuita de los ciclos de documentales y recorridos Punk en la zona Noroccidental, podrá adquirir el fanzine El Sotano y pronto un compilado con más de 60 agrupaciones de Medellín llamado Unión Punk.

En el barrio El Salvador, donde un Cristo Blanco mira a sus pobladores, sus casas de ladrillo, sus comerciantes, encontrará la Casa Cultural el Hormiguero, donde trabajan con organizaciones campesinas, lideran procesos de documentación audiovisual y hay servicio de biblioteca comunitaria. Éste articulo está inspirado en mi primera visita a Medellín, con la agrupación de Rap “Por Razones de Estado” en el 2003 y el inmenso amor, respeto y fraternidad recibidos por la comunidad Punk y el autor del libro Mala Hierba de Carlos Bravo, sobre las memorias de ésta escena musical en Medellín.

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