Habitar la diferencia: reflexiones sobre la ciudadanía, el miedo a ser y a dejar ser

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Foto 1 Jhoan Giraldo Fotógrafo

Carlos Mario Sánchez Villegas, comunicador social – periodista y sexólogo, comparte pertinentes reflexiones sobre la diferencia, luego de la reciente celebración del Orgullo LGBTIQ+.

Cuando nos preguntamos por habitar, de forma inmediata pensamos en un espacio. Un lugar en donde los individuos confluyen en una suerte de ciclos de movimiento y pausa, que pasan del reposo de la morada al lugar de la producción. Pero el habitar presupone además, individuos, sujetos, personas o entes -según el lugar de conocimiento del observador-; se requiere de un otro con quien articular unas estructuras formales o consuetudinarias de relación desde un elemento indispensable como lo es un lenguaje, elemento mediador de las mismas.

En la modernidad, surge el concepto de ciudadanía. Este, como muchas categorías políticas y sociales, no es una idea unívoca y su materialización ideal, denominada ciudadanía plena, se encuentra más en la dimensión de las utopías que en la realidad. Ser ciudadano, sujeto que ejerce la ciudadanía -el que habita plenamente-, es el resultado paradigmático de la modernidad ilustrada y presupone, en consecuencia, el ejercicio de la libertad, en contraposición a la tiranía; voluntad, fundada en un pacto social; derechos y deberes, pensados esencialmente desde lo colectivo; una sujeción a un sistema jurídico, que ordena la realidad; y el goce de la igualdad, como afirma Kant: “él mismo frente a cualquier otro” 

Una de las características constitutivas del ser, -entiéndase en este caso del ciudadano-, es el de la diferencia. Las sociedades han pretendido sin éxito configurar un ethos universal que dé cuenta de todas y cada una de las realidades individuales de manera uniforme, pero esto no pasa de ser una generalización idealizada o una imposición convencional y estructural.

En este escenario aparece el dogma, uno de los elementos más contundentes de las estructuras de relación y poder, que desde la imposición fáctica o desde la mediación de la ideología o de la fe, logra establecer un deber ser. Este deber ser, en muchos casos, hijo de los mitos fundacionales, ha controlado, para el caso específico que nos ocupa, la comprensión y el habitar de la diferencia, regulando entre muchas cosas, uno de los aspectos más humanos del ser: Su sexualidad.  

Pensarnos como seres habitando donde estamos, habitando desde lo que somos y habitando lo que somos, nos permite redefinir el habitar de la diferencia desde una manera amplia y flexible. Foto de Jhoan Giraldo. Instagram: @fotografomedellin

En donde habitan dos, hay diferencia. Hay que resolver, no para ser uno, tampoco para ser iguales, sino, idealmente, para con-vivir, para co-habitar, para ser con el otro en. Como no estamos en el paraíso, donde dos (diferentes) eran la humanidad, en nuestras ciudades habitamos muchos sujetos subordinados, unos más que otros, por paradigmas que nos atan de manera dogmática a través de múltiples formas de poder que son materializadas en sistemas formales de relación e instituciones normalizadas y normatizantes. 

No nos olvidemos del lenguaje, la palabra, para afirmar que, desde ella, desde su forma de nombrar la realidad, nacen categorías axiológicas asociadas a lo prohibido y lo permitido, lo sano y lo enfermo, lo santo y lo profano, el pecado y la virtud, el normal y el anormal, el igual y el diferente; y siempre, desde esas nominaciones, se establecen las relaciones sociales. 

La ciudad es un escenario de construcción simbólica de las relaciones en donde lo racional, político, social y material, son elementos articulados e interdependientes. La ciudad es como un entretejido de partes que se afianzan unas a otras desde la complementariedad, pero también desde la oposición y el conflicto en una disputa de imperiosa uniformización, que limita, condiciona, cuestiona, reprime, elimina y desaparecen la diferencia. 

La comprensión de ciudadanía convencional hizo una modelación paradigmática explícita e intrínseca del sexo -de los sexos- que desconoce lo anterior y lo condiciona esencialmente para el escenario de lo privado, pero de forma taxativa en el de lo público. 

Pensar al ciudadano en los presupuestos presentados del deber ser, sin considerar la realidad y la dinámica de su carácter sexual diverso, es abordarlo incompleto; y suponer para nombrarlo sexuado, la obligación de encajar en ideales valorativos excluyentes que consideran, por ejemplo, que para perfeccionar la ciudadanía se debe ser hombre, blanco y heterosexual; es algo más que una falacia. 

Esta comprensión de ciudadanía modelada, pero más allá, esta aproximación axiológica que lo califica desde lo sexual, ocasiona que muchos sujetos sociales y sexuales no estén contenidos satisfactoriamente en el concepto de El Ciudadano, y, en consecuencia, para garantizar el cosmos, algunos consideran que estos -los diferentes- deban ser eliminados (material o simbólicamente), restringiéndoles el habitar. 

A esos sujetos, a los otros, a los de la diferencia, se les permite en el mundo occidental, acceder a parte de las ventajas o posibilidades que otorga el sistema, pero no participar de la ciudadanía plena. Se les niega deliberada y sistemáticamente un ejercicio real de los presupuestos de la libre determinación y se les condena la vivencia eufórica de sus identidades y orientaciones sexuales

El statu quo y sus ciudadanos han resuelto el habitar de aquellos ciudadanos no plenos -los de la diferencia sexual- practicando reiteradamente una negación formal del establecimiento de la otredad, amparada en un “contrato sexual” que se establece desde un contexto patriarcal de familias nucleares y soportado en las normas y convenciones, una denominada “ciudadanía reproductiva” anclada al antiguo paradigma de los sexos.

En donde habitan dos, hay diferencia. Hay que resolver, no para ser uno, tampoco para ser iguales, sino, idealmente, para con-vivir, para co-habitar, para ser con el otro “en”.
Foto de Jhoan Giraldo. Instagram: @fotografomedellin

La tolerancia como sistema limita -en la teoría y en la práctica- la posibilidad para los diferentes del disfrute de una ciudadanía plena. Restringe la posibilidad de habitar en igualdad de condiciones a través de dinámicas de violencia como la invisibilización en el discurso, la exclusión en las políticas sociales-públicas, la negación positiva de derechos. En el mejor de los casos, los diferentes, han creado posibilidades excepcionales de ser en y de ser con, obtenidas gracias a lo que han denominado su “lucha” que les ha permitido algunos alcances jurídicos y sociales que amenazan y fracturan poco a poco el paradigma.

La visibilidad y visibilización de la diferencia, de los habitantes incompletos -de los tolerados-, asusta al sistema a tal punto que teme por la posibilidad de que, si tantas diferencias reclaman tolerancia y acciones afirmativas, desaparecería el concepto de mayoría gracias al desvanecimiento de los sustratos comunes y los valores de cohesión social que perfeccionan una sociedad, y esta realidad sería un caos ingobernable. 

La posición del sistema y del poder frente a los diferentes sexuales reabrió en la contemporaneidad el espectro a preguntas significativas asociadas a lo que significa el habitar, el cuerpo, el territorio, la democracia, la representación o participación, y a intentar redefinir conceptos sociales modernos como igualdad, justicia y equidad. 

Fruto de esta disputa, nace el concepto de “ciudadanía sexual”, de nuevo las palabras crean una realidad que en este caso enuncia, facilita, defiende y promueve el acceso de los ciudadanos al efectivo ejercicio de los derechos tanto sexuales como reproductivos y a una subjetividad política. Acoge además a todos aquellos que no encajan dentro del paradigma sexual tradicional, a quienes han sido condenados a los guetos, a quienes se les ha confinado al espacio de lo privado, a quienes se les restringe el tránsito por lugares específicos o se les indican sus horas para habitar como una patente de corso para ser. 

Pensarnos como seres habitando donde estamos, habitando desde lo que somos y habitando lo que somos, nos permite redefinir el habitar de la diferencia desde una manera amplia y flexible, reformularla desde lo legal, repensarla desde los derechos otorgados/negados y normalizarla de forma específica según los escenarios particulares. 

Habitar la diferencia es una discusión que infiere contemplar los límites, resignificar el miedo que convierte a los diferentes en los bárbaros de la actualidad, posibilita tejer puentes, redefinir conceptos, hacerse nuevas preguntas y desmontar los paradigmas que nos impiden ver la riqueza que la ciudad arroja si se mira de otra forma, si se extiende el movimiento -ya no desde la idea de un espacio a otro- sino desde una realidad a otra. 

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