Maricas revolucionarios

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Memo-2

Así el tacón se tuerza, vuelven a subirse en él. ¿Maricas?, no, revolucionarios y contestatarios seres, tal vez. El profesor Guillermo Correa lleva a los lectores de Papel a conocer personajes fundamentales, de esos que “no se puede hablar” en muchos errados y cerrados grupos. Aquí sean todos (as) bienvenidos (as).

Una tarde de verano de 1975, en Manhattan, Stephen Verble alquila una limosina y llega a la premier de la película Tommy. No ha sido invitado, pero eso no es una barrera, mientras desfila por la alfombra roja, de su vestido va derramándose la leche que brota de los cartones que lo componen, unas mallas y una especie de tocado con huesos de pollo definen el resto. A su lado, Tina Turner sonríe mientras él ubica su mejor pose. Días después, Mary Debris, la otra piel de Verble, desfila por las calles del Soho en su vestido de perlas falsas, una única malla de nudos y una regadera que cuelga de su cuello componen su prenda. Visita galerías y fiestas para las cuales no ha sido convocada, malestar, sonrisas y un carcelazo resumen su jornada.

El escenario es la plaza del parque Bolívar. Una mujer rodeada de juguetes desvencijados, vestidos, tacones, pelucas e infinidad de muñecas destartaladas, se desviste ante la mirada y las sonrisas de cientos de espectadores, un corsé de brillantes se asoma después de quitarse su blusa. Unos segundos después, la wonder woman hace su aparición: es una mujer maravilla pobre y de Manrique, señala ella. En su alegato teatral anuncia que fue atracada minutos antes, por tal motivo no tiene uno de sus brazaletes icónicos. Un espectador le grita que se parece a la madre monte, ella lo insulta y exclama: “no decías lo mismo ayer mientras nos acostábamos”, las carcajadas cierran el intercambio. El tema de ese domingo 10 de diciembre de 2008 han sido las pirámides de economía ilegal, Epm, una bomba a punto de detonar y una wonder women impartiendo justicia. La mujer se des/convierte y vuelve a ser ella, La Dany.

Stephen Varble- Fountain of safety- Soho, 1975
Crédito: Archival Pigment Print, 2018.

Es sábado en la noche, en diciembre de 2018, Medellín sabe lo que significa. Santa Putricia ha llegado al Parque de El Poblado, una serie de vergas y vulvas adornan su manto de pecado y sacralidad, otros personajes llegan a su encuentro, seres de ficción y carne expuesta, tacones altos, barbas que se enredan y se conectan con el maquillaje. Una multitud les observa y festeja con ellos, algún grito incómodo se asoma, pero en la alegría nocturna de la fiesta no hay lugar para la ofensa. Esa noche, Cultura Drag Medellín deambula por las calles del sector. Unas horas más tarde iniciaran un combate de Voguin y las rivales esperan por ellas.

Estos fragmentos articulan muchas historias, recorren a modo de aguas subterráneas el relato de las diversidades sexo/género que en Occidente ha conquistado un lugar en medio de una sociedad cerrada, normativa, heterosexualmente destinada, antojada de binarismos, cuerpos y experiencias confiscadas.

En medio de la historia oficial de las diversidades sexo/género, otras historias periféricas han provocado que el cauce del río se agite en su recorrido, para desbloquear barreras y renovar su corriente. Esas historias nos hablan de experiencias, prácticas y apuestas de algunos cuerpos raros que no dan espera, de los placeres que burlan los torniquetes, del arte improvisado que se aferra a la necesidad de la piel y desconoce de eslóganes políticos o retóricas académicas; su lugar es la calle, su apuesta es por la bofetada, la ironía y la incomodidad, jugando al arte o reinventándolo, juegan a destruir la moral pacata y violenta del sistema sexo/género. 

A modo de una revolución alternativa que no se oficializa, que en ocasiones sirve a la causa política, pero se esconde cuando la aceptación política parece suministrar un lugar en medio de la vida aceptable y la sociedad “correcta”. Estas historias se conectan en lugares distantes y no relacionados, no es solo una historia local o externa, son corrientes que desembocan en el mismo río, aunque ellas no se crucen.

La Dany, la diva de las Calles de Medellín.
Crédito: Julie Giles

Durante más de cuarenta años, entre 1945 a 1985, las falsas mujeres recorrieron las calles céntricas de Medellín, ataviadas de una singularidad insistente. Día a día fueron arrestadas, golpeadas y despojadas de sus ropas al antojo y capricho de cada patrulla de policía; escándalo público, falsedad e inmoralidad fueron siempre sus acusaciones y las razones para permanecer en los patios de la cárcel de la Ladera. Pero ni la cárcel, ni los golpes, ni los miles de vestidos que les quitaron las obligaron a someterse a la suerte de corrección cívica que las instituciones demandaron, ellas resistieron sin el soporte y la garantía política de las banderas que hoy se enarbolan para hablar de diversidad, tampoco eran un performance para escudar dicha osadía, ellas simplemente insistieron en su singularidad humana y en esa insistencia resquebrajaron el monolito del género.

Las falsas mujeres devienen en travestis en los años ochenta y con ellas la teatralidad adquiere un sentido especifico, sin abandonar el lugar periférico en la ciudad, conquistan un territorio y en sus cuerpos se resignifica la ficción de la reina, son reinas de la noche, apropiadas de sus atavíos, despojadas de un determinismo del género.

Santa Putricia. Artista Julián Zapata Rincón.
Crédito: Esteban Velásquez

En su conquista de la ciudad se reinventan oficios, el show de media noche en un bar gay cualquiera les posibilita sobrevivencia, el cuerpo fantaseado les ofrece cierta garantía de vida, no obstante, es una batalla que deben enfrentar a diario, rebuscarse la vida para garantizar la conquista de la ciudad. La policía insiste en sus violencias, la inmoral idea de “limpieza social” se encarniza con ellas, pero ellas continúan insistiendo en sí mismas. 

En la vivencia de un desprecio social, de unas marcas de violencia continua y de una serie de destierros, maricas van a renovar esa idea anquilosada de familia, reinventándose un hogar, un espacio colectivo de vida, de protección y familiaridad entre ellas. Por jerarquía en el oficio y en la calle, alguna ocupa el lugar de la madre protectora. Viven en grupos, trabajan en la destreza de la interpretación escénica, la fonomímica, el show y las divas, configuran un mundo de sobrevivientes.

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